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Los doce puntos del Planteo General de la Reforma Económica de la Iglesia en la Argentina
La Conferencia Episcopal Argentina ha aprobado un Planteo General para realizar una Reforma Económica de la Iglesia en la Argentina. Comenzamos ahora a publicar un comentario de Mons. Carmelo J. Giaquinta (Arzobispo de Resistencia y Presidente del Consejo Episcopal de Asuntos Económicos de la CEA) a los doce puntos del Planteo General de la Reforma Económica de la Iglesia en la Argentina aprobado por el Episcopado.

PLANTEO GENERAL


1. Inspirarse en los criterios propuestos por la Palabra de Dios sobre:

a) el espíritu de pobreza evangélica;
b) dar con generosidad;
c) hacer el bien delante de Dios y de los hombres.


El Planteo General, sin pretensión de ser exhaustivo, en su primer punto enuncia tres principios bíblicos relacionados con la posesión y administración de los bienes materiales.
El primero es la pobreza evangélica. Consiste en un espíritu y en una práctica.

El espíritu de pobreza ha de ser común a todos los cristianos. Podemos definirlo como la libertad espiritual en la posesión de los bienes materiales. Esta participa de la libertad con que Dios posee el universo.

La práctica de la pobreza, en cambio, es propia de cada persona. Varia según la condición del cristiano en la Iglesia y en la sociedad. Distinto será el ejercicio de la pobreza por parte del hombre casado, del obrero, del profesional, del empresario, del seminarista, del religioso, del obispo, etc. Pero todos los cristianos estamos obligados a ejercitarlas.

Conviene constatar la distancia que media entre la afirmación anterior sobre la necesidad de la pobreza evangélica y la vivencia que de ella tenemos los cristianos en la Argentina.

El segundo principio bíblico enunciado en el Planteo General es "dar con generosidad".

Jesús insistió mucho en la necesidad de desprenderse de los bienes terrenales a favor de los pobres para acumular con ellos un tesoro en los cielos (Mt 6, 19-21; Lc 12, 21).

El tercer principio bíblico enunciado es la necesidad de respetar las normas de una sana administración según el sentir y experiencia de los hombres honestos. Como dijo San Pablo: "Nuestra intención es evitar toda crítica con respecto a la abundante colecta que tenemos a nuestro cuidado, procurando hacer lo que está bien no solamente delante de Dios, sino también delante de los hombres" (2 Cor 8,21). Por ello mandó elegir a algunos hermanos que fuesen testigos del transporte y entrega de la Colecta a los pobres de Jerusalén (2 Cor 8, 19; 1 Cor 16, 3-4).

Se suele dar por sentado que la administración en la Iglesia es honesta. y sin duda que la mayor parte de las veces lo es. Y que hasta se hacen milagros con centavitos. Pero no es menos cierto que todavía se estila una administración arcaica, que deja mucho que desear. Que los neopresbíteros salen del Seminario con una formación casi nula en este campo. Que las Comisiones parroquiales y diocesanas copian y superan a veces la informalidad del clero en el modo de administrar sus dineros. Que no siempre se rinde informe a la Comunidad parroquial y diocesana de los ingresos y egresos. Que las Curias tampoco informan siempre de su administración. Que muchas veces no existe un breve reglamento para los Consejos parroquiales de asuntos económicos. Que se introducen corruptelas, como tener los dineros de la Capilla a nombre de privados, sin ningún resguardo ni control bancario. Que se usan vehículos de la Parroquia para usufructo de alguna familia muy colaboradora del Cura, etc. Que todo ello fomenta el desinterés de los fieles para aportar económicamente al sostenimiento de la obra evangelizadora, y alimenta una imagen de no transparencia, cada vez menos tolerada.

2. Atender a todos los fines para los cuales la Iglesia tiene derecho a poseer y administrar bienes materiales; y ello según lo expresa el c.1254; a saber:


a) la organización del culto divino;
b) la honesta sustentación del clero, demás ministros y empleados;
c) el ejercicio de las obras de apostolado y de la caridad, sobre todo respecto de los necesitados.


Si se quiere de veras emprender una Reforma económica de la Iglesia en la Argentina, sería contraproducente que ésta se centrarse en procurar materiales sólo para algunos de los fines particulares, por importantes que fueren, y se descuidasen los más generales. Por ejemplo, que sólo se pensase en cómo sostener el Seminario, o la Curia, o cómo mejorar el sueldo de los sacerdotes.

Llegó el momento en que el Pueblo de Dios debe ser catequizado sobre toda la materia. Para esto es preciso visualizar todas las necesidades pastorales que requieren solvencia económica. Y esto, en todos los niveles (parroquiales, diocesano, nacional, etc). Al Pueblo lo fatiga que un día se le pida para tal fin concreto, y mañana para tal otro, sin ningún Plan global.

En este sentido, Santa Sede está dando el ejemplo. Ya no teme hablar de las finanzas del Vaticano hasta por los diarios. Y cada año presenta a la opinión pública su Presupuesto y Balance.

3. Llevar a la práctica las normas de la Iglesia universal sobre la materia, dispuestas en el Código de Derecho Canónico, y para ello adoptar criterios e iniciativas comunes en toda la nación, cuando a los Obispos les pareciere conveniente o necesario.

¿Cuál es el conocimiento que el Pueblo de Dios (fieles y pastores) tiene de dichas normas canónicas y de la complementación dispuesta por el Episcopado? ¿cómo se las publica? ¿cómo se catequiza al respecto? Nada es más dañino en la Iglesia que una ley desconocida.

¿Deberá la CEA dictar otras normas comunes en materia económica?

Personalmente pienso en la conveniencia de criterios comunes para el estipendio mensual del clero, como acontece en las Iglesias de España, Francia, Alemania e Italia. En la Argentina, en cambio, no existen normas nacionales en este asunto. Muchas veces el Clero se arregla económicamente como puede.

Decir esto quizá escandalice a algunos. Pero las consecuencias de la ausencia de criterios en esta materia son más perniciosas que un leve escándalo.

4. Estudiar la cuestión en su complejidad, analizando todos los aspectos implicados (teológicos, históricos, canónicos, catequísticos, pastorales, jurídicos, económicos, financieros).

Grave error sería pensar que la economía de la Iglesia es primeramente un problema económico. Es, ante todo, un problema de fe. Por tanto, religioso, que necesita ser iluminado por la Palabra de Dios y por las demás ciencias, eclesiásticas y humanas.

Uno de los aspectos que, durante 1996 y parte del 97, acaparó casi exclusivamente la atención de la prensa ha sido el aporte estatal al sostenimiento del culto católico, en el cual se concreta lo mandado por el artículo 2 de la Constitución nacional. Se trata de una modesta suma global de poco más de siete millones de pesos, a distribuir en este año 1997 entre 68 jurisdicciones diocesanas. Con dicha suma se atienden los siguientes rubros: a) becas para la pensión de los seminaristas; b) un subsidio mensual para los Obispos; c) igualmente, para algunos Párrocos llamados de frontera.

Sin duda que este aspecto del problema deberá ser estudiado. Pero no se puede reducir a él toda la cuestión de la Reforma Económica. Pues aún bien solucionada la relación económica de la Iglesia con el Estado, el problema de su Sostenimiento subsistiría, como se constata en las Iglesias de España, Francia, Alemania e Italia, y por ello se sigue buscando una solución al problema desde dentro de la misma Iglesia.

5. Instalar la cuestión en la conciencia del Pueblo de Dios, mediante una catequesis adecuada, con ensayos, conferencias, jornadas de estudios, cartas pastorales, suscitando para ello la participación de personas competentes, en especial de los laicos.

La discusión de la Reforma Económica de la Iglesia, desde cuando se la comenzó a abordar en 1983 y hasta 1996, había quedado prácticamente restringida al ámbito del Episcopado, con la colaboración de algunos laicos competentes. No se había hecho de ella un problema a reflexionar y resolver conjuntamente con el Pueblo de Dios. Ahora, al enfrentar el tema del sostenimiento de la Iglesia como un problema global, que debe ser estudiado y resuelto por todo el Pueblo de Dios, cobra una importancia y proyección hasta ahora no imaginada.

6. No circunscribir el planteo a buscar primero una solución financiera inmediata a cuestiones puntuales, aunque sean importantes; éstas sin duda deberán ser abordadas oportunamente.

No son pocas las situaciones económicas que nos urgen a los Obispos a buscar una solución puntual.

Para solucionar dichas obligaciones y situaciones muchos Obispados, fuera de la suma mensual de $1.348 que el estado pasa a cada Obispo, no tienen otros ingresos, salvo los aportes mensuales que, en algunas Diócesis, hacen las Parroquias (en Resistencia es el 5% de todas las colectas). De aquí, entonces, la tentación de solucionar lo puntual y postergar la solución global. Con las consecuencias negativas que esto genera.

Por lo mismo, en el Consejo Episcopal de Asuntos Económicos nos dijimos: no despreciemos los problemas económicos puntales, pero no nos dejemos aturdir por ellos. Procuremos enfrentar su solución dentro de un marco más amplio y definitivo.

7. Evitar caer en la simplificación de que sería posible la solución mediante la invención de alguna fórmula mágica, o la aplicación voluntarista de determinadas fórmulas experimentadas con éxito en las Iglesias de otros países, sin despreciar por ello su experiencia.

Es fácil caer en la tentación de simplificar el problema de la Reforma Económica de la Iglesia. Hubo quienes me preguntaron:..."Y.., ¿por cuál sistema se inclinan? ¿No les parece a Uds. que es mejor el sistema italiano del ocho por mil? Otros me dicen: "el sistema de la tarjeta de crédito da un resultado bárbaro. ¿Lo piensan adoptar?"

No niego que un día debamos adoptar normas económicas comunes para toda la República, y entre ellas, tal vez, la de aportar u porcentaje fijo sobre los ingresos por parte de todos los miembros del Pueblo de Dios. Pero pienso que el camino a seguir es más largo. Hay que comenzar, casi desde cero, a edificar una conciencia nueva. Quizá en una Diócesis marche bien desde el comienzo imponer un porcentaje. Convendrá que ello lo decida cada una de ellas. Pero, salvo mejor juicio, no me parece que, desde el comienzo de este proceso de Reforma, se deba fijar a toda la República un porcentajes sobre los ingresos a aportar. Al menos no se debe hacer antes de que el Episcopado publique una carta pastoral sobre la Reforma Económica.

8. Destrabar el planteo -muy difundido por la prensa- de la cuestión reducida a la eventual renuncia del aporte estatal. Este planteo más que alimentar la corresponsabilidad del pueblo de Dios en la financiación de la Obra evangelizadora, la frena.

-"Destrabar" no significa ahora olvidar este punto del aporte estatal, como si no tuviese importancia. El hecho de que esté conectado con el artículo 2 de la Constitución Nacional, indica que tienes raíces históricas y jurídicas profundas. Y, por lo mismo, implicancias prácticas que afectan este proceso de Reforma económica. Habrá que estudiar todo atentamente.

Lo que no se puede hacer es confundir este punto con el problema entero. O pensar que la renuncia lisa y llana del aporte estatal sería el gesto profético que traería mágicamente la solución a todos los problemas económicos de la Iglesia.

9. Asumir como idea madre de la solución la formación de una conciencia nueva en el Pueblo de Dios -fieles y pastores- en cuanto a la comunión de bienes y a la manera de recaudarlos y administrarlos.

La catequesis ha de tender a formar cristianos con una visión nueva con respecto al uso de los bienes materiales y a la disponibilidad de éstos para la obra evangelizadora de la Iglesia. Esta conciencia, por lo demás, no debe ser sólo teórica, sino también práctica. Necesita, por lo mismo, de un estilo administrativo acorde con el espíritu de comunión, y esto tanto para la recaudación, cuanto para la administración.

10. Para ello, emprender en el ámbito diocesano la formación de numerosos agentes pastorales, de acuerdo con el Proyecto Compartir, invitando a sumarse a él a todas las Diócesis, procurando la participación de todas las Parroquias, instituciones católicas de enseñanza, asociaciones y movimientos de fieles, etc.

Una conciencia nueva en el campo de la Reforma Económica necesita primero de mentes y corazones nuevos, "reformados". Y esto en un doble sentido. Primero, sujetos capaces de asumir criterios y comportamientos nuevos, de acuerdo con la doctrina evangélica sobre la pobreza y la comunión de bienes. Segundo, capacitados en el arte de la administración.

Para crear una conciencia nueva en la Iglesia de la Argentina se ha de procurar formar numerosos agentes de pastorales que internalicen ambas dimensiones.

-El Planteo General hace hincapié en comenzar el trabajo de Reforma Económica por las diócesis. Y esto porque opinamos que, desde la experiencia diocesana, se podrá ir comprendiendo mejor la realidad del problema económico del país. Las soluciones que se adopten serán más adecuadas a la realidad. Igualmente, se podrá ver con mayor realismo la necesidad de implementar iniciativas comunes en otros niveles, en especial el nacional.

Además, es más fácil de poner en marcha la Reforma en una Iglesia, que en el conjunto de Iglesias de la Argentina. Lo mismo que será más fácil corregir un rumbo equivocado en una que en todas.

11. Idear caminos que, entre tanto, brinden a la CEA recursos más amplios, que oxigenen su funcionamiento y alivien el aporte de las Diócesis.

El costo del funcionamiento de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) linda con la miseria. Y ello porque a muchas Diócesis, con los magros recursos de que disponen, les cuesta asumir la cuota del prorrateo de los gastos que su sostenimiento demanda.

Cuando se discute el Presupuesto anual de la CEA, los Obispos no encontramos la manera adecuada de enfrentar los gastos de su funcionamiento.

Los miembros del Consejo Episcopal opinamos que, en el largo plazo, la solución consistirá en el aporte que las Diócesis podrán hacer con más facilidad y generosidad, al mejorar ellas sus finanzas. Pero no es menos cierto que, en el corto plazo, el Consejo deberá idear algunos caminos de solución transitoria. Si alguno de los lectores tuviese alguna idea, no deje de aportarla.

12. Brindar al Pueblo de Dios un mensaje del Episcopado sobre todo este asunto, de manera de orientarlo debidamente, manejar la ansiedad despertada y sumar voluntades en la búsqueda de la solución.


No ha habido ningún documento del Episcopado Argentino dedicado expresamente a catequizar sobre el Sostenimiento de la Obra Evangelizadora. De allí, la importancia del encargo que ahora hiciera la Asamblea Plenaria de preparar un proyecto de Carta Pastoral sobre el tema. Este asunto ha corrido hasta ahora casi en forma exclusiva por cuenta de la prensa. De allí la ansiedad en la que caen los cristianos, y los planteos parciales o distorsionados de la cuestión.

Dios escribe derecho con renglones torcidos. Quiera Él promover una auténtica Reforma Económica, conforme al Evangelio y a las reglas de una sabia administración, con un Consejo presidido por un Obispo que no sabe cómo resolver los minúsculos problemas que le acarrea el sueldo de los pocos empleados de su pequeña Curia.